viernes, 17 de julio de 2026

HERÁLDICA PONTIFICIA

 

PAX VOBISCVM, FRATRES


Escudo del Estado del Vaticano que muestra los
dos atributos principales propios del pontificado:
la tiara y las llaves

Bien, antes de llegar a los obispos tenemos que empezar por los mandamases porque, además de estar los primeros en el escalafón, también fueron los primeros en hacer uso de escudos de armas y demás atributos que los diferenciasen del resto de los clérigos y, por supuesto, de los seglares, que solo sabían diferenciar al poderoso porque llevaba ropa más lujosa y más chismes caros sobre el cuerpo. Veamos...

Desde los tiempos más remotos, cualquier primate que tuviese un mínimo de poder sobre sus semejantes lo primero que hacía era cubrirse la cabeza con algo que indicara al personal que el jefe era él. Está de más decir que la Iglesia, una vez que sus seguidores dejaron de ser perseguidos y devorados por los leones, no tardó en sumarse a esta costumbre ancestral. Al parecer, fue el mismo Constantino el que instauró el primer tocado pontificio en la persona de San Silvestre I (314-337), por lo que cabe suponer que la cosa se coció apenas emitirse el Edicto de Milán, ya que éste data de 313 y el Silvestre ascendió a la sede de Pedro al año siguiente. 

S.S. Juan XIII con su camauro rojo ribeteado con
piel de armiño. Bajo el mismo lleva el solideo

Contrariamente a lo que pueda pensar la mayoría, no se trató de la tiara, que en realidad es un invento relativamente moderno. Este tocado inicial era un simple gorro cónico de piel blanca llamado REGNVM o PHRIGIVM, aunque el nombre que más a perdurado es el de CAMELAVCVM (del griego Καμελαuχιον, gorro de pelo de camello), aunque actualmente se le llama camauro. Esta prenda, como tantas costumbres, ritos, etc. de la Iglesia, era originariamente el típico gorro frigio que usaban los sacerdotes de algunos cultos paganos, pero nadie protestó. Total, era lo que había disponible para usos sacerdotales, y no iban a inventar nada nuevo para los cristianos. Además, bastante tenían con dejar de ser cazados como conejos para ser entregados a las fieras. Con todo, y a pesar de haber sido el gorro inicial de los papas, pronto evolucionó, quedando el camauro como un simple cubrecabezas para abrigarse el cráneo, ya que no puede hacerse uso del mismo en cuestiones litúrgicas. Es, por así decirlo, el gorro de estar en casa o algo así. Naturalmente, tampoco forma parte de los adornos externos de los blasones papales.

Posteriormente, el papa San Símaco, que reinó entre los años 498 y 514, añadió a su
REGNVM un círculo de metal en la base, a modo de diadema. No tardaron mucho en convertir ese simple aro en una CORONA RADIATA como la que usaban los césares. A la derecha podemos ver dos imágenes para comparar: en un lado tenemos un grabado que muestra de forma bastante realista al Símaco con su corona pontificia, y al otro un antoniniano del emperador Probo con una CORONA RADIATA, de las que por cierto surgieron las coronas reales de la Edad Media. Esta corona inicial añadida al REGNVM era pues una clara referencia al poder temporal de los papas, que no tardaron mucho en dedicar más tiempo al siglo que al espíritu.

Bonifacio VIII (1294-1303) añadió una segunda corona, convirtiendo el tocado papal en BIRREGNVM. Curiosamente, fue esta segunda corona la que simbolizaba el poder espiritual cuando, a mi entender, deberían haber antepuesto lo segundo a lo primero, digo yo... En la foto de la izquierda tenemos al pobre Bonifacio, que palmó del berrinche que se pilló cuando Sciarra Colonna le estampó en plena jeta su guantelete en la famosa afrenta de Anagni. En el
REGNVM se pueden apreciar las dos coronas, y sobre los hombros las ínfulas que pendían de la parte trasera del mismo. De las ínfulas hablaremos ahora. Y en su mano izquierda sujeta las llaves que Jesucristo entregó a Pedro y que, junto a la tiara, son los atributos del poder absoluto de los pontífices, hombres que, al día de hoy, son los únicos monarcas absolutos que perduran en Occidente, cuya autoridad no es discutida ni discutible y que cuando habla EX CATHEDRA sienta un dogma infalible que todos los católicos deben acatar sí o sí. En cuanto a las ínfulas o, dicho con propiedad, INFULÆ, son dos cintas que penden de la tiara o la mitra y que también fueron tomadas de la indumentaria de los sacerdotes paganos de Roma, que las usaban como símbolo de su elevado rango.

No tardó mucho en aparecer la
TRIRREGNVM, o sea, la tiara que todos conocemos. No se sabe con certeza si la tercera corona la incluyó Benedicto XI, el sucesor de Bonifacio y que apenas reinó un año, o Clemente V (1305-1314), al que se debe el dudoso honor de haber sido hechura de Felipe IV de Francia para acabar con el Temple, plegándose a las intrigas perpetradas por Guillaume de Nogaret, Guardasellos Real y verdadero artífice de la ruina de la poderosa orden.  Sea como fuere, fue el sucesor de Clemente el primer pontífice que plantó la tiara en su escudo de armas. Hablamos de Jacques Duèze, que reinó como Juan XXII (1316-1334) y que, sin lugar a dudas, debía tener una inteligencia superlativa. Siendo como era el retoño de un simple zapatero, llegar hasta donde llegó por méritos propios y sin pertenecer a ninguna familia de postín ya era algo digno de encomio. A la derecha tenemos al papa con su escudo- que obviamente diseñó como le dio la gana porque su familia no tenía linaje- con la TRIRREGNVM en el timbre Este es el diseño que desde entonces han usado todos los pontífices salvo contadas excepciones de las que hablaremos en su momento. Añadir solo que, a nivel de diseño heráldico, las coronas corresponden a las usadas por los duques, no como las de los reyes.

Por lo demás, no hay certeza sobre el significado de esa tercera corona. Hay varias teorías en las que no vamos a redundar porque, si ellos mismos lo llevan haciendo hace la torta de años sin ponerse de acuerdo, nosotros no vamos a solucionar nada. En todo caso, grosso modo, se suele tomar la primera como símbolo del poder terrenal, la segunda del poder espiritual y la tercera es símbolo de juez o legislador universal. La tiara fue desde entonces prenda inseparable del pontificado hasta que Pablo VI (1963-1978) renunció a ella tras ser coronado, ordenando que fuera vendida y lo obtenido donado a los pobres, todo ello como símbolo de humildad y tal. No obstante, la tiara siguió encaramada en el timbre de los escudos pontificios hasta su supresión por Benedicto XVI,  que la cambió por la mitra. Ojo, esto no quiere decir que la tiara haya sido abolida. Cualquier papa puede recuperarla cuando le de la gana.

Bien, pasemos al segundo atributo heráldico pontificio por excelencia: las llaves. En Mateo 16: 19 leemos: "Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos". De esta forma, Jesucristo hacía entrega a Pedro del poder más inmenso que un humano pueda concebir: hacer y deshacer con la total conformidad del Altísimo sin dar explicaciones. En todo caso, las llaves se sumaron a la heráldica pontificia al mismo tiempo que la tiara. Inicialmente, ambas se representaban de plata, posteriormente, en una fecha indeterminada, se cambiaron por oro para, finalmente, ya en el siglo XV, presentarlas una de oro y otra de plata, lo que ha perdurado hasta nuestros días. La de oro simboliza la jurisdicción sobre el reino celestial, mientras que la plata lo es de los fieles. Ambas estaban unidas por un cordón azul por aquello de atar y desatar, pero en el siglo XVI se cambió por el color rojo. Dichas llaves son presentadas con los ojos hacia abajo unidos por el cordón y los paletones mirando hacia fuera, debiendo estar calados con una cruz. Y de la misma forma que Juan XXII fue el primer papa que puso la tiara en el timbre, fue Clemente VI (1342-1335) el primero que colocó las llaves acoladas al escudo, quedando como vemos en la ilustración de la derecha. Desde entonces, todos los blasones pontificios han permanecido así hasta, como se ha dicho, el cambio de la tiara por la mitra desde Benedicto XVI.

Y para concluir, debemos señalar que cuando un papa fallece las llaves son eliminadas de su escudo mientras dure la Sede Vacante. Si el papa ha palmado es obvio que ya no tiene poder para hacer y deshacer nada.  Por lo tanto, las llaves son trasplantadas al blasón del camarlengo, el cardenal que se pone al frente de la Iglesia hasta la elección del nuevo papa. Ojo, el camarlengo no tiene poder para legislar, sino solo para organizar el cónclave y que las cosas sigan funcionando. Así, al blasón del camarlengo se le hacen unos añadidos para dejar bien claro al personal que, hasta que haya un nuevo jefe, él es el que corta el bacalao.

A la izquierda podemos ver el escudo de Monseñor Kevin Farrell, a la sazón camarlengo cuando Francisco se largó de éste mundo. Vemos su escudo de armas con su lema personal bajo el mismo. Al timbre, el capelo cardenalicio del que cuelgan 30 borlas, 15 a cada lado, y también al timbre las dichosas llaves, las cuales desaparecerán del blasón en el momento en el que haya nuevo papa. Coronando el conjunto tenemos otro objeto que suele pasar desapercibido: el VMBRACVLVM o CONOPEVM, una sombrilla de franjas rojas y amarillas usada desde muy antiguo a modo de palio. El 
VMBRACVLVM era, por decirlo de algún modo, un atributo similar al palio propio de la realeza. Al igual que las llaves, también desaparece del blasón del camarlengo tras la llegada del nuevo papa. En todo caso, el hecho de que aparezcan aquí tiene un claro mensaje: el camarlengo es el depositario de la autoridad pontificia sobre toda la Iglesia y, ante todo, sobre sus colegas de la curia, muchos de ellos ávidos de poder, prebendas y, especialmente, de sentir sobre sus testas el dulce peso de la mitra.

Bueno, criaturas, con esto terminamos y aprendemos los fundamentos de la heráldica pontificia. Ahora toca echar algo al buche porque, como digo siempre, SPIRITV SINE CORPORE FORTIS NIHIL ESSE.

CVRATE VT VALEATIS NOBILIS CIVES


Fresco del siglo XIII que se conserva en la capilla de San Silvestre, en la basílica de los Cuatro Santos Coronados, en Roma. En el centro vemos al Silvestre tocado con el REGNVM que le ha entregado Constantino, el cual lleva las riendas del caballo papal. Tras el pontífice vemos un hombre de cámara portando el VMBRACVLVM y un séquito de obispos. En este caso el autor cometió un anacronismo ya que en el siglo IV los obispos aún no usaban mitra


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