miércoles, 19 de agosto de 2026

HERÁLDICA EPISCOPAL 2ª PARTE

 

PAX VOBISCVM


Siguiendo con lo relacionado a la heráldica episcopal, hoy toca hablar de los ornamentos externos del blasón. 

En primer lugar, conviene mencionar la forma del escudo, porque en este tema no hay ni remotamente unanimidad al respecto. Hay que considerar que los escudos nobiliarios eran originariamente concedidos por hechos de armas, por lo que tomaba la forma de un escudo convencional si bien cada país acabó teniendo un diseño específico. En España se adoptaron los tres tipos que vemos a la derecha. El primero es, digamos, el autóctono, con un semicírculo inferior y una proporción de cinco de ancho por seis de alto. En el siglo XVIII se adoptó el rectangular francés, que permitía un reparto más armonioso del mobiliario en los cada vez más complejos blasones en los que se agrupaban las armas de varios linajes. Finalmente tenemos el llamado de piel de toro, por su semejanza con el pellejo de estos animalitos, que también era conveniente para escudos con particiones. No obstante, ha sido el menos usado y solo tuvo más difusión en tiempos de las Guerras Carlistas para los blasones concedidos por el aspirante a mandamás, el nefasto infante Don Carlos, hermano del felón Fernando VII (vaya pareja...).

Pero el clero y las mujeres no podían- en teoría- ostentar escudos de origen militar porque, por razones obvias, no estaban relacionados con la milicia. De ahí que el clero soliese hacer uso de blasones ovalados como el de la izquierda, los mismos que usaban las abadesas y las hembras de linaje. Sin embargo, esta norma no escrita no se llevó a cabo por sistema y, de hecho, en tiempos modernos todo el clero se inclinó de forma mayoritaria por el español tradicional. Otros optaron por el cuadrilongo para dar cabida a unas armerías dignas de un archiduque austro-húngaro. De hecho, a medida que vayamos mostrando los armoriales de distintas diócesis, verán que yo he preferido casi por sistema por el cuadrilongo, precisamente para poder representar de forma más clara las armas de cada cual, y solo he tomado el español para mobiliarios muy sencillos.

Bien, empecemos con el tema. Hasta finales del siglo XIV no había una uniformidad ni nada parecido en la heráldica episcopal. Independientemente del mobiliario, a la hora de decantarse por determinados adornos externos cada cual tomaba los que prefería si bien lo más generalizado era el uso de la mitra y el báculo, además de la cruz. En la figura A tenemos un blasón episcopal con sus tres atributos principales: la cruz trebolada, aparecida a finales del siglo XIV y su uso generalizado a partir del XV, acolada al escudo y en palo, o sea, recta; la mitra, en la diestra externa del jefe y, finalmente, el báculo, también acolado. Éste podía ir en palo o, como hemos representado aquí, en barra, y con la curva hacia fuera. Esto indicaba que la jurisdicción del prelado abarcaba toda su diócesis. En la figura B tenemos un caso peculiar, el de los abades mitrados. Estos eran abades que, por determinadas circunstancias, el papa les concedía el privilegio de usar mitra y báculo. Ojo, era una concesión personal, no inherente a los titulares de una determinada abadía, e igual se daba que se quitaba. En este caso no aparece la cruz trebolada ya que no le corresponde, pero sí la mitra y el báculo, que en este caso aparece con la curva hacia la parte interior del escudo ya que su jurisdicción corresponde exclusivamente al interior de su abadía. Obsérvese que, en este caso, el báculo está provisto del VELVM o SVDARIVM, un trozo de tela, generalmente seda, anudado dónde empieza el asta del mismo. En teoría, se usaba para que la mano sudorosa del abad no lo tocase ya que estos no usan guantes, al contrario que los obispos.

Otro adorno que se extendió a partir del siglo XVII fue el uso de los emblemas de las órdenes a las que pertenecían determinados obispos, que podían aparecer acolados al escudo o como escusón sobre el mismo. En la figura A podemos ver un escudo con la cruz de la orden de los Predicadores. En la B, el emblema de la misma, pero presentado como un escusón sobre el jefe. En otros casos optaban por colocar el escudo de la universidad o colegio donde el prelado hizo sus estudios, o la diócesis donde fue consagrado como sacerdote o, en fin, cualquier símbolo al que le tuviese especial apego.

Otro ornato exterior es el palio, que como vemos no tiene nada que ver en este caso con el dosel sujetado por varas. El palio o
PALLIVM, también llamado perla, pérgula y palo en punta, es privativo de los pontífices y los arzobispos, si bien en este caso por una concesión personal del papa. Su uso no conlleva un aumento de atribuciones, sino que se trata de una mera distinción. Como vemos en la foto, es una banda circular de tela blanca de la que penden dos tiras del mismo ancho, una hacia el pecho y otra por la espalda. Va adornado con seis cruces negras que el papa Benedicto XVI modificó mottu proprio por rojas, pero solo a nivel personal. El palio se puede presentar en el escudo pendiendo de los cantones inferiores (figura A) o bien sobre el jefe (figura B), acolándose las cintas al escudo. El palio es el símbolo del Pastor que lleva la oveja sobre sus hombros, y en el caso de los papas su supremo poder pastoral como conductor de los demás pastores de la Iglesia.

Bueno, criaturas, por hoy terminamos. Ya continuaremos, porque aún quedan más cosillas por detallar.


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jueves, 30 de julio de 2026

BESTIARIO HERÁLDICO: EL LEÓN



PAX VOBISCVM FRATRES


Desde siempre, y al decir siempre quiero decir siempre, el león ha representado la fuerza, el poder, la nobleza, la fiereza, la majestad. El León de Judá, el León de la Cruzada, Corazón de León... El rey de los animales, dicen. ¿Y el elefante, al que el león no se atreve ni a toserle? ¿Y el rinoceronte? La verdad es que nunca he comprendido que semejante bicho haya sido tomado desde tiempos inmemoriales como símbolo de tanta virtud sin reparar en que, en realidad, se pasa la vida dormitando bajo un árbol mientras las hembras se baten el cobre en busca de pitanza y se llevan las contundentes coces de las cebras y las cornadas de los búfalos. Solo salen de su apacible atocinamiento cuando algún rival merodea por las cercanías para arrebatarles su harén, uséase, su chollo para vivir sin dar golpe. Parecen políticos, carajo... Y cuando carecen de poder, no se complican la vida. Cazan crías, animales viejos, debiluchos o que ya no corren lo suficiente y, si no pillan nada, pues se convierten en carroñeros y disputan la manduca a las hienas. En fin, que no sé dónde leches tiene el león la nobleza. Sin embargo, aparece en las representaciones artísticas más añejas vigilando las entradas de las ciudades o siendo cazados por los monarcas, dando a entender que sus reyes eran tan valerosos que solo ellos osaban hacer frente al león. A la derecha tenemos un ejemplo bastante elocuente: el rey asirio Asurbanipal (668 a.C. - 627 a.C.) despacha a un poderoso león de una estocada en el pecho. Nada mejor para Asurbanipal que hacer que todo el mundo creyera que era capaz de semejante hazaña, naturalmente...

En fin, me temo que mi concepto sobre los leones es totalmente opuesto al del resto de los primates que me han precedido, porque algunas culturas incluso lo han asociado con el sol nada menos. Por ejemplo, los persas ya adoraban a Mithra, un dios solar, hace unos 1.500 años de nada. A la izquierda podemos verlo, con la testa coronada de rayos solares y guiando una cuadriga. Por cierto que este dios alcanzó tanto predicamento que su culto fue más allá de las fronteras de Persia, siendo adoptado por los hindúes e incluso por los romanos. De hecho, era el dios por el que más veneración tenían los legionarios, y su culto se mantuvo hasta la implantación oficial del cristianismo por orden de Constantino. Y no solo se ha usado como dios solar, sino que incluso los cristianos no dudaron en hacer uso del animalito, asociándolo al evangelista Marcos o colocándolo en las entradas de las iglesias, concretamente en las ménsulas que sustentaban los aleros de las puerta, o en mogollón de capiteles de beaterios, claustros y demás. En lo tocante a cuestiones más mundanas, el león, como rey de los animales, fue tomado para representar al señor natural de un territorio, el poseedor de la fuerza, del poder, y era, como no podía ser menos, el símbolo de la virilidad, del principio masculino.

Bien, la cuestión es que, como vemos, lo de león = puto amo viene de muy lejos, y por mucho que sigan vagueando bajo sus acacias resecas del Serengueti nadie cambiará de opinión respecto a estos animalitos. Está de más decir que en la añeja Europa se convirtió en un bicho recurrente para representar el poder de reyes y nobles. De hecho, el león fue adoptado como símbolo del reino homónimo incluso antes de que existiera la ciencia heráldica como tal. A la derecha tenemos un ejemplo, en este caso monetario. Se trata de un dinero de vellón leonés acuñado por Alfonso VII entre 1135 y 1157. En una cara aparece la leyenda "IMPERATOR", y en la otra "LEONI", en este caso orlando un león siniestrado, uséase, mirando hacia la izquierda (recuerden que, en terminología heráldica, los lados se mencionan como si uno estuviera dentro del escudo), en posición de pasante. Fue más tarde cuando se cambió por la habitual de rampante.

En esta ilustración lo veremos mejor. El león ya presenta el aspecto que adquirirá posteriormente, si bien alguno dirá que eso se parece a un león lo mismo que un huevo a una castaña. Pero que nadie se cabree con el probo ilustrador que hizo la miniatura, porque poco menos que se lo tuvo que inventar. Como es evidente, en aquella época muy pocos en la Europa habían visto un león al natural, de modo que solo tenían la palabra escrita y algo de la hablada para plasmarlo en el pergamino con más o menos éxito. En todo caso, ya se aprecian claramente los atributos más señalados de la fiera: abundosa melena, cuerpo fuerte y musculoso, cola rematada por un penacho de pelambre y unas poderosas garras. El tono amoratado que luego se convirtió en púrpura obedece simplemente a que dicho color se asocia desde tiempos inmemoriales a la realeza.

En cuanto se establecieron las primeras normas heráldicas, mogollón de reinos, reyes y nobles se apuntaron a plantar un león en sus escudos de armas, que para eso era un bicho cuasi divino. En el bestiario heráldico español, el león es el animal más recurrente, seguido muy de cerca por el lobo, como se explicó en el articulillo anterior, y a la derecha podemos contemplar el aspecto que tomó, si bien hay que concretar que lo que vemos es la morfología española, porque cada país tiene ciertas variantes en lo referente a la posición y forma de la cola y algún detallito que otro. En la parte que nos toca, pues vemos a un león adiestrado (que mira  hacia el lado derecho), alzado sobre su pata izquierda y con las manos en actitud de atacar. La cola aparece erguida con el penacho del extremo doblado hacia el lomo, y tanto las patas como dicha cola muestran abundantes mechones de pelo. Las garras y la lengua, que emergen de sus fauces, son de color rojo. En este caso vemos el león de León: de plata, un león rampante de púrpura, coronado de oro, armado y lampasado de gules. Las garras deben estar formadas por tres dedos y, según algunos tratadistas, deben tener un espolón en cada zarpa. Del mismo modo, deberá ser visible el miembro viril del bicho. De no llevarlo habrá que especificar que va evirado. Del mismo modo, si careciera de cola se le llamará difamado

Pero lo que imagino que a vuecedes les llamará más la atención es el término rampante, y más si consideramos que en ninguna parte aparece una rampa. Bien, rampante es el enésimo galicismo empleado en la heráldica, que para eso fueron los francos los que inventaron esta ciencia. Procede del término rampant, que su vez proviene del francés medieval ramper: trepar. Es decir que, en puridad, podríamos denominarlo como león trepante aunque su posición, totalmente impropia de un león de verdad, está un tanto humanizada ya que se asemeja a la que adoptaría un primate dispuesto a defenderse a mamporros. Por lo tanto, y según opinión general de los heraldistas, al ser esta la posición natural del león heráldico como la de pasante es la del lobo, no hace falta especificarla. Por lo tanto, podríamos decir "de plata, un león púrpura coronado de oro, etc...", y el lector avezado en esta ciencia ya da por sentado que el animal estará levantado de manos. A la izquierda vemos un león conforme a los cánones, mostrando sus tres garras más un espolón por zarpa, mogollón de pelambre, una picha ostentosamente visible y su cola bien poblada. En este caso, la fiera aparece de oro.

Los dos colores más empleados en los leones según la heráldica hispana son, con diferencia, oro y gules, ambos en proporciones casi iguales. Luego, en cantidades muy inferiores, sable, el azur, plata, sinople y, de formas ocasionales, fajados, bandados o jaquelados. Pero, como decimos, los más abundantes son gules y oro, esmalte y metal con una poderosa carga simbólica. El oro simboliza la nobleza, el esplendor, la prosperidad, la sabiduría, la magnanimidad, la constancia, la riqueza y el poder. Los linajes que hagan uso de este color se caracterizan por sus virtudes de magnanimidad y su nobleza a la hora del servir fielmente al Rey, así como ser los primeros en defender y hacer gala de las virtudes caballerescas, amparar a los necesitados y combatir por su Rey hasta la muerte si fuese preciso. El gules no se queda atrás, ya que es atributo del valor, el honor, el arrojo, la fuerza, la magnificencia, la astucia y la victoria, estando obligados los que lucen este esmalte a servir con denuedo al Rey, a la Patria y a todo aquel que se vea oprimido por las injusticias. Y, como hemos dicho, luego tenemos otras coloraciones menos frecuentes como las que vemos a la derecha. En primer lugar aparece un león bandado de gules y oro, o sea, partido en bandas. A la derecha, el mismo bicho, de oro fajado de azur. En estos casos, los atributos de los esmaltes y metales se combinan con los de las particiones.

Una cuestión que lleva la torta de tiempo siendo objeto de polémicas entre los heraldistas es cuando se enuncia "un león al natural", sin más. Comienzan las dudas: ¿a qué se refiere al natural, a la posición o al color? Cabe supone que, si consideramos que la forma natural de representarlos es rampante, es una obviedad repetirlo. Por lo tanto, se suele considerar que se refiere al color. Pero ¿qué color? Los más habituales o "naturales", como hemos dicho, serían oro y gules, pero ¿cuál de los dos? Lo cierto es que hay bastantes opiniones al respecto, y yo, que suelo optar por lo más obvio aunque resulte lo menos creíble, siempre he pensado que se refiere al color natural del león, uséase, un color pardo, más o menos como vemos en el blasón de la izquierda: garras negras, lengua roja y el cuerpo en color pardo, con la melena un poco más obscura. De hecho, no es raro que otros animales se mencionen también en color "natural".

Bien, ya conocemos las particularidades del león heráldico, y más concretamente del español. Sin embargo, tenemos algunas variantes que, aunque no son frecuentes, es obligado mencionarlas porque pueden dar lugar a equívocos. La más reseñable es el leopardo. No se trata del felino a manchas que todos conocemos, sino que con el término leopardo se especifica a un león pasante que, en vez de perfil, aparece con la cabeza mirando de frente, tal como lo vemos en el blasón de la derecha. Y mientras que no es frecuente en las armerías hispanas, sí es más habitual en otros países europeos como Alemania, Francia y, por supuesto, en Inglaterra, cuyo blasón lo componen tres leopardos de oro en campo de gules. Por lo demás, los leones pueden ser representados corriendo, parados (con las cuatro patas en el suelo, sedente (sentado como un chucho), acostados (tumbados pero con la cabeza erguida) o arrestados, o sea, con un collar y atados con una cadena a un árbol, un castillo o lo que sea. En este último caso hay ocasiones en que se especifica el color del collar y la cadena para complicar aún más la comprensión de las armas. Mucho más raro es que se mencionen leones alados y dragonados. Como decimos, el león por antonomasia es el rampante, y es el que veremos con muchísima más frecuencia.

Pero no solo la posición del león tendrá un significado u otro, sino también si aparece empuñando armas, banderas u otras figuras como estrellas, coronas, etc. Veamos un par de ejemplos para hacernos una idea. En primer lugar tenemos un león que empuña una lanza. Ésta simboliza el valor militar, aplicado con prudencia y fortaleza. En segundo lugar mostramos un león empuñando una espada (ojo que también tendrá ciertas connotaciones según el color de hoja y guarniciones). En este caso, la espada indica la justicia y la soberanía del linaje del poseedor del blasón. Si llevase una bandera, significaría el valor en batalla del mismo. Una estrella refleja su condición de héroe, y también se premiaba con ella a los ministros y consejeros del Rey. Como podemos colegir, estos aditamentos se solían añadir en algún momento de la historia del linaje, cuando uno de sus miembros llevaba a cabo una acción señalada que lo hacía merecedor del mismo y veía así ampliado su blasón.

Bueno, con esto está todo dicho sobre los leones heráldicos. A modo de conclusión, añadir que también es una fiera bastante empleada como soporte, o sea, sujetando un escudo de armas, representando con ello que su fuerza es la que sostiene la honra del linaje o el poder del reino cuyo blasón agarran. A la izquierd
a podemos ver un ejemplo, en este caso correspondiente al escudo de armas de la Casa Real de Rumanía que, aunque no reine, tiene a sus retoños repartidos por alguna parte por si alguna vez les da por abrazar de nuevo la monarquía. Tenemos pues el blasón con la corona real al timbre y sustentado por dos soportes, leones en este caso y, como se puede apreciar, adoptando la misma posición rampante si bien las zarpas delanteras ayudan a sujetar el escudo. Debajo aparece el lema NIHIL SINE DEO, "Nada sin Dios", y todo el conjunto bajo un manto real.

En fin, vale por hoy. Próximamente estudiaremos el tercer bicho en importancia, el águila, que es la contraparte aérea del león.

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viernes, 24 de julio de 2026

HERÁLDICA EPISCOPAL 1ª PARTE

 


PAX VOBISCVM


Desde los primeros tiempos del cristianismo ya se creó la figura del obispo, un personaje que, como su nombre indica, tenía la misión de vigilar y controlar a su comunidad. El EPISCOPVS, palabro proveniente del griego επίσκοπος (epískopos, el vigilante), se convirtió en la nobleza de la Iglesia. Ser nombrado obispo suponía detentar la autoridad espiritual y secular en su diócesis, palabro que, como no, proviene también del latín DIŒCESIS, que a su vez surgió del griego διοίκησις, que era básicamente un tipo de partición territorial administrativa romana. Porque ser obispo de una diócesis no solo implicaba ejercer de pastor de los primates que habitaban en ese territorio, sino también la administración de las rentas que daban las tierras y/o industrias de su propiedad. En resumen, un chollo. El voto de pobreza clerical era obviamente olvidado cuando un simple cura o fraile empezaba a hacer carrera, y trocar la áspera sarga o lana que picaba como mil chinches por la seda y el terciopelo molaba una burrada. Bien, dicho esto vamos a la enjundia del tema. 

La heráldica episcopal surgió, al igual que la pontificia, en el siglo XIII. La Iglesia no dictó normas respecto a la composición y mobiliario de los escudos, si bien recomendaba que fuesen lo más sencillos posible, sin cuartelados añadidos y mogollón de dibujitos. Cabe decir que los obispos hispanos, como está mandado, se pasaron esta norma por el forro de la sotana, porque lucían y lucen unos blasones que ni un archiduque austro-húngaro. Más aún, a más plebeyo, más dibujitos, compensando así la falta de linaje. Un buen ejemplo lo tenemos a la izquierda. Es el escudo de armas de monseñor Alfonso Ródenas García, obispo de Almería entre 1947 y 1965, año en el que falleció. Bueno, pues a pesar de su aparatoso blasón, el bueno de Don Alfonso era hijo de un camionero que pudo llevar adelante sus estudios porque la familia arrimó el hombro a base de bien, ya que su padre palmó cuando nuestro hombre tenía apenas 13 años. El escudo está compuesto mayoritariamente de simbología relacionada con sus devociones y los sitios donde ejerció su ministerio, echando mano de alguno correspondiente a sus apellidos, pero olvidando que los escudos no los lucen los apellidos, sino los linajes. Resumiendo, monseñor se curró un escudo de los buenos.

No obstante, a lo largo de la historia ha habido casos excepcionales de obispos que optaron por no hacer uso de blasón. De hecho, no es ni ha sido nunca obligatorio, y solo algunos rechazaron esta prebenda por considerarla inapropiada para hombres que debían ser ejemplo de humildad. En el Concilio de Trento, celebrado entre 1545 y 1563, surgieron una serie de directrices que algunos se tomaron muy a pecho. Tenemos como más preclaro ejemplo al cardenal Carlos Borromeo, arzobispo de Milán que, además de sacarse la carrera de santo con matrícula de honor, se cebó con la cosa heráldica, y no ya con su persona a pesar de ser de nobilísima familia, sino con todo bicho viviente. Así, ordenó a los clérigos bajo su mando que suprimieran las armerías de todas partes, incluyendo las que decoraban rejas y altares costeados por ellos que tuvieran menos de siete años, salvo las que apareciesen en lápidas o mausoleos de clérigos difuntos. Otros optaron por diseñar un mero sello para autentificar la documentación diocesana, y otros rechazaron lucir blasones porque, en determinadas épocas, ser identificado con la nobleza podía costarle a uno la cabeza. Sí, me ha salido en verso. A modo de ejemplo, a la derecha tenemos el sello de monseñor Elías Yanes Álvarez, que llegó a ser presidente de la Conferencia Episcopal Española pero se avió con algo bastante sencillo.

Bien, ya vemos que la Iglesia no cuestionaba siquiera los blasones que parecían un tatuaje de la espalda de un yakuza, pero sí tenía una serie de reglas bastante estrictas en todo lo referente a la ornamentación exterior del escudo y, por supuesto, en una norma impepinable: eran absolutamente intransferibles. Aquellos que por su linaje escogían las armas propias, obviamente nadie las heredaría ya que no tendrían hijos, al menos legítimos, y los que se inventaban parte o todo el escudo pues se veían en la misma circunstancia. El escudo de un clérigo era como el DNI: personal e intransferible, y cuando el clérigo palmaba a lo más que llegaba era a ser tallado en su tumba. A la izquierda podemos ver el blasón de monseñor Gutierre Álvarez de Toledo, miembro de la linajuda Casa de Alba y que ostentó cargos a cascoporro.  Ese escudo permaneció en la familia, pero a través de otros miembros de la misma. En el caso de Don Gutierre su estirpe se extinguió con él.

En cuanto a las divisas, no son habituales en las armerías antiguas. Antes al contrario, solemos verlas a partir de mediados del siglo XIX y, sobre todo, en el XX hasta nuestros días. El tema de las divisas parece una chorrada, pero no lo es tanto cuando el obispo en cuestión ya la traía en sus armas familiares. Por razones obvias, no procedía colocarlas en un escudo episcopal ya que estas divisas eran generalmente frases de significado un tanto misterioso o bien gritos de guerra. Para sustituirlas se optó por jaculatorias o versículos sentenciosos tomados de las Escrituras a modo de empresa, objetivo en su ministerio o invocación a Dios o a la Virgen. Ejemplos:
VNVS SPIRITVS ET VNA FIDES, (Un espíritu y una fe), CHRISTVS REGNAT (Cristo reina) o MINISTER EVANGELII (Ministro del Evangelio), en referencia a una empresa personal. Se recomienda que las divisas sean breves, con un significado bien claro y sin metáforas ni chorradas que se presten a confusión. No obstante, siempre hay alguno que prefiere soltar una letanía interminable como la divisa de monseñor Bernardo Martínez Noval (a la derecha), que nos dice que SPES MEA TV DOMINI IN DIE AFFLICTIONIS (Mi esperanza eres tú, Señor, en el día de la aflicción), un fragmento del versículo de Jeremías 17:17. En fin, ya vemos que los monseñores no tenían empacho de saltarse las normas si se terciaba. A esto, añadir que la divisa debe aparecer bajo el escudo- también hay excepciones, como es de esperar- en una cartela o filacteria lo más sencilla posible- lo que también era obviado- y escrita con letras mayúsculas en sable (negro), cosa que también se solía pasar por alto porque una cartela sin volutas y con una letra negra queda muy sosita. En cuanto al idioma, no hay exigencias al respecto si bien lo habitual es hacer uso del latín. No obstante, algunos prefieren el idioma nacional para que nadie diga que no entiende nada de lo que dice.

Bueno, con esto terminamos por hoy. El próximo día, los ornamentos exteriores, que también dan tema para rato.

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domingo, 19 de julio de 2026

BESTIARIO HERÁLDICO. EL LOBO

 


PAX VOBISCVM, FRATRES

Sí, no se me extrañen. Dedicaremos algunos artículos a detallar los animalitos más relevantes del bestiario heráldico ya que, como se ha explicado anteriormente, muchos miembros del alto clero hacían uso de sus armas familiares, en las que aparecían en muchos casos bichos diversos, cada cual con su simbología correspondiente. No vamos a entrar a fondo en todas las figuras heráldicas ya que eso se sale de nuestro cometido y, por otro lado, ya hay cantidad de información al respecto pero, al menos, sí nos detendremos en las más relevantes. De hecho, también hubo pontífices, cardenales y obispos que añadieron estas bestias a sus blasones. 

Desde los tiempos más remotos, los primates pensantes han tomado diversos bichos que pueblan el planeta como símbolos de determinadas virtudes, especialmente las relacionadas con la cosa castrense. Águilas, leones, osos, serpientes, lobos, toros, etc., han sido usados para informar a los enemigos que los portadores de esos símbolos eran fieros, fuertes, astutos, inteligentes y tenían muy mala leche. Algunos, por darle un matiz aún más significativo, recurrían a bestias mitológicas, que acojonaban más, como dragones, unicornios o grifos. Los cuñados, como ya podrán suponer, hacían uso de otros animalitos más acordes con sus "virtudes", como cucarachas, hienas o gusanos. Así, los probos homicidas de todas las épocas no han dudado en echar mano del amplio surtido de animales especialmente poderosos para apoderarse de su carga simbólica, e incluso los reyes se han querido asemejar a fieras tenidas por las reinas de su entorno, como las águilas o los leones.

Blasón de la Casa de los Henriques, un linaje
portugués. Observen los leones rampantes en
actitud agresiva
Ya antes de que los francos crearan lo que hoy conocemos como heráldica, los BELLATORES decoraban sus escudos con todo tipo de dibujos para identificarse ante propios y extraños en el campo de batalla, recurriendo casi siempre a estos bichos especialmente fieros. Pintados con vivos colores, los enemigos ya sabían con quién se iban a jugar los cuartos, y no pocas veces la sola visión del escudo de tal o cual guerrero era suficiente para disuadirlos y dar media vuelta. En España tenemos al invicto infanzón Rodrigo Díaz, del que las crónicas dicen que portaba un escudo sobre el que había mandado pintar un dragón dorado en actitud fiera para que sus enemigos lo identificaran de inmediato, de modo que tanto sus enemigos cristianos, como el rey de Aragón, el conde de Barcelona o los pelotas de la curia de Alfonso VI, así como los malditos agarenos enviados a la Península por el tenebroso Yusuf ibn Texufin, sufrieran repentinos apretones intestinales y ganas de hacer pipí. Recordemos pues que, como ya se explicó en su día, el origen de la heráldica era menos heroico y más pragmático ya que su misión era permitir ser identificados en la vorágine de la batalla, donde nadie se iba a detener a contemplar el rostro de cada ciudadano que se cruzaba en su camino para saber si era amigo o enemigo. Obviamente, puestos a ser comparados con algo, mejor con un animal poderoso que con un bocata de mortadela con aceitunas o con un gorrión canijo.

Otro ejemplo de blasones foráneos, en este caso de un armorial
tedesco. Obsérvense las cabezas de leones coronadas, así como
el amenazador brazo armado de un puñal. La cosa era mostrar
una actitud amenazadora

Bien, en la heráldica hispana hay cantidad de bichos de todas clases, incluyendo incluso abejas, lagartos, erizos, comadrejas o ardillas, animales que obviamente no se tomaron por su fiereza sino por otros atributos que no vienen al caso. Pero, como es lógico, los más recurrentes son los que simbolizan la agresividad, la fuerza, la obstinación y la astucia, cualidades muy útiles cuando el oficio al que uno se dedica es asesinar enemigos. La fiera más empleada es, como no podía ser menos, el león, el rey de los animales, el más fuerte, el más feroz, etc. Del mismo modo, el águila luce en mogollón de blasones, así como otros animales a los que se les atribuyen las virtudes necesarias para representar a guerreros temibles. Sin embargo, en España tenemos uno especialmente recurrente en nuestro bestiario heráldico: el lobo. Sí, ese cánido con tan mala fama que mata catorce ovejas para comerse un cacho de una y que acosa a beatíficas mocitas y candorosas abuelitas que viven en casitas chulísimas de la muerte en lo más profundo del bosque. El lobo, el enemigo del hombre y de sus rebaños, la fiera que nunca duerme y que siempre tiene en estado de alerta a los bravos mastines hispanos para que no esquilmen el rebaño cuya custodia se les ha confiado.

VEXILLARIVS del ejército romano cubierto por una
cabeza y la piel de un lobo, nada mejor para proteger al
portaestandarte de la unidad

¿Y qué tiene de especial el lobo en la heráldica? Pues a eso vamos...

Los egipcios ya consideraban al lobo (en este caso el chacal, el lobo egipcio) un símbolo del valor, y ya conocemos sobradamente que Anubis se paseaba por la universo con la cabeza de uno de estos cánidos. Los griegos lo asociaban con Apolo, enemigo implacable de lo maléfico, y los romanos con Marte, el dios de la guerra. Además, ya sabemos de sobra que a los fundadores de Roma los amantó una loba que pasó a convertirse en el símbolo del poder de estos probos imperialistas. Por otro lado, en las culturas antes citadas se recurría a la figura del lobo como vigilante y custodio de edificios o lugares sagrados. Estamos pues ante una fiera considerada como especialmente agresiva, valerosa, violenta y astuta, todo un compendio de virtudes asimilables a las del BELLATOR más esforzado. El lobo es cruel, osado y fuerte, por lo que venía de perlas para adornar los escudos de los hombres que lucharon durante siglos contra los invasores venidos de África y, posteriormente, de los que crearon el mayor imperio jamás visto. Por todo ello, mientras que en Europa es una bestia cuasi irrelevante que no llega ni a un mísero 1% de presencia en los blasones de la aristocracia, en España- más concretamente en la castellana y la navarra- es la segunda en importancia, solo superada por el león. Para ser exactos, alrededor de un 7% de las armerías españolas contienen la imagen de un lobo si bien su significado varía en base a su posición, actitud o parte de su anatomía que nos muestren. Así pues, dedicaremos este artículo a analizar la presencia lobuna en los blasones hispanos. Veamos pues...

Típica representación del lobo heráldico español
esmaltado en sable y, en este caso, lampesado
y armado de gules

La figura del lobo suele aparecer como elemento principal, cuando no el único, en los escudos de armas. Su posición es la que en francés se denomina como pasant, que en España se tradujo como pasante por su similitud fonética pero, en realidad, quiere decir paseante. Esto es un lobo que camina, con la pata derecha avanzada, la cola erguida, las orejas enhiestas, y lleva la boca abierta mostrando las fauces y la lengua fuera. Es la actitud de una fiera que avanza, dispuesta a atacar en cualquier momento. Estamos pues ante el símbolo de un guerrero fiero y agresivo, siempre atento y sin bajar la guardia. Por lo general, el esmalte usado es el sable (negro). Salvo que se indique otra cosa, este será el diseño convencional. De lo contrario, habrá que especificar el color, que podrá ser natural (el del pelaje del bicho), azur, oro, etc., y también si las garras, dientes, y/o la lengua tendrán un esmalte distinto, lo que se señalará añadiendo que irá armado (en referencia a las garras), fierezado (ídem respecto a los dientes), y/o lampasado ( ídem respecto a la lengua) de tal o cual color. No obstante, lo habitual es que se cambie el color de las garras, que se suelen poner de gules por aquello de la mala leche y la sangre de los enemigos.
Dos lobos pasantes ante un árbol. Obsérvese que, además,
van cebados con sendos inocentes corderitos en sus fauces

También es frecuente que sean presentados en parejas, por lo general puestos en palo, uséase, uno sobre otro y mirando ambos a la diestra del escudo. Hay ocasiones en que se colocan contrapasantes, uséase, el situado debajo o escachante mira hacia el lado diestro y el de arriba al siniestro. Esa misma posición pero con la pareja colocada en faja, es decir, uno tras otro y no uno sobre otro, se denominaría como contornados.

Bien, esta es la representación más habitual del lobo, pero tenemos más que podemos ver con cierta frecuencia. La más habitual es la del lobo cebado, que nos muestra uno o más lobos pasantes que llevan en la boca un cordero, generalmente de color plata. En este caso, se quiere manifestar que el guerrero no solo venció a sus enemigos, sino que además se hizo con sus despojos en forma de botín y prisioneros. Ojo, los blasones evolucionaban con el paso del tiempo, y las armas originales de un linaje podían verse aumentadas por otros símbolos que señalaran un hecho de armas notable. En este caso, el lobo original pudo verse con el añadido del cebado si un miembro de la ralea, por poner un ejemplo, derrotó a una mesnada agarena, trincó el cofre con la pasta y, además, los esclavizó a todos, retornando al terruño con la vida resuelta para una larga temporada.

Dos lobos empinados al tronco de un árbol, apoyando
las manos en el tronco del mismo

En otras ocasiones podemos ver la figura del lobo asociada a un árbol, generalmente un roble. El lobo o la pareja de lobos se colocan ante el árbol, aunando la fiereza de los miembros del linaje con lo añejo del mismo, lo que se simboliza con el árbol como algo cuyo origen se pierde en la memoria del tiempo. En otras ocasiones, el lobo pasa a representar enemigos poderosos, apareciendo empinados en su tronco, como queriendo morder las ramas. Está de más decir que esto también tiene su significado. En este caso, el árbol simboliza el arraigo y el abolengo del linaje, así como el hecho de haber erigido su solar sobre tierras arrebatadas a los malditos agarenos, y el lobo adopta en esta ocasión el símbolo de los enemigos que han pretendido en vano recuperar o arrebatar las tierras conquistadas. De ahí esos lobos empinados en el tronco que, en el caso del roble, hace referencia al rey de los árboles, el más sólido, el más longevo, el más resistente. Otro uso del lobo como figura asociada a los enemigos es el escorchado, un lobo esmaltado en gules que pretende representarlo desollado, es decir, un lobo vencido y despojado de sus armas. Una variante del enemigo vencido la tenemos en las cabezas de lobo, una o varias, que pueden aparecer sangrantes para resultar más significativas.

Cabeza de lobo clavada en una pica, que podemos
interpretar como la cabeza decapitada de un enemigo
valeroso que acabó de la misma forma

En fin, estas son las formas más habituales en las que veremos al lobo en el blasonario español. Obviamente, podemos encontrar variaciones si bien en un número insignificante, como el caso de lobas amamantando a sus lobeznos, levantados sobre las patas que, en este caso, no se denominan rampantes sino arrebatados, o adosados a castillos o torres, representando aquí el ímpetu por apoderarse de una fortificación enemiga o bien, como en el caso del árbol, del enemigo que intentó adueñarse del castillo del dueño del blasón. También pueden verse algunos escudos donde el lobo aparece encadenado a la puerta de un castillo, como guardando la misma de visitas inesperadas a modo de perro guardián. Otras formas, estas más habituales en las armerías foráneas, no lo representan del modo tan agresivo que vemos en España, sino durmientes, echados o corriendo.

Bueno, con este breve compendio creo que podremos conocer más a fondo el motivo de la existencia del lobo en los escudos de armas españoles. En otros articulillos daremos cuenta de las fieras más relevantes hasta convertirnos en consumados reyes de armas y tal.

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viernes, 17 de julio de 2026

HERÁLDICA PONTIFICIA

 

PAX VOBISCVM, FRATRES


Escudo del Estado del Vaticano que muestra los
dos atributos principales propios del pontificado:
la tiara y las llaves

Bien, antes de llegar a los obispos tenemos que empezar por los mandamases porque, además de estar los primeros en el escalafón, también fueron los primeros en hacer uso de escudos de armas y demás atributos que los diferenciasen del resto de los clérigos y, por supuesto, de los seglares, que solo sabían diferenciar al poderoso porque llevaba ropa más lujosa y más chismes caros sobre el cuerpo. Veamos...

Desde los tiempos más remotos, cualquier primate que tuviese un mínimo de poder sobre sus semejantes lo primero que hacía era cubrirse la cabeza con algo que indicara al personal que el jefe era él. Está de más decir que la Iglesia, una vez que sus seguidores dejaron de ser perseguidos y devorados por los leones, no tardó en sumarse a esta costumbre ancestral. Al parecer, fue el mismo Constantino el que instauró el primer tocado pontificio en la persona de San Silvestre I (314-337), por lo que cabe suponer que la cosa se coció apenas emitirse el Edicto de Milán, ya que éste data de 313 y el Silvestre ascendió a la sede de Pedro al año siguiente. 

S.S. Juan XIII con su camauro rojo ribeteado con
piel de armiño. Bajo el mismo lleva el solideo

Contrariamente a lo que pueda pensar la mayoría, no se trató de la tiara, que en realidad es un invento relativamente moderno. Este tocado inicial era un simple gorro cónico de piel blanca llamado REGNVM o PHRIGIVM, aunque el nombre que más a perdurado es el de CAMELAVCVM (del griego Καμελαuχιον, gorro de pelo de camello), aunque actualmente se le llama camauro. Esta prenda, como tantas costumbres, ritos, etc. de la Iglesia, era originariamente el típico gorro frigio que usaban los sacerdotes de algunos cultos paganos, pero nadie protestó. Total, era lo que había disponible para usos sacerdotales, y no iban a inventar nada nuevo para los cristianos. Además, bastante tenían con dejar de ser cazados como conejos para ser entregados a las fieras. Con todo, y a pesar de haber sido el gorro inicial de los papas, pronto evolucionó, quedando el camauro como un simple cubrecabezas para abrigarse el cráneo, ya que no puede hacerse uso del mismo en cuestiones litúrgicas. Es, por así decirlo, el gorro de estar en casa o algo así. Naturalmente, tampoco forma parte de los adornos externos de los blasones papales.

Posteriormente, el papa San Símaco, que reinó entre los años 498 y 514, añadió a su
REGNVM un círculo de metal en la base, a modo de diadema. No tardaron mucho en convertir ese simple aro en una CORONA RADIATA como la que usaban los césares. A la derecha podemos ver dos imágenes para comparar: en un lado tenemos un grabado que muestra de forma bastante realista al Símaco con su corona pontificia, y al otro un antoniniano del emperador Probo con una CORONA RADIATA, de las que por cierto surgieron las coronas reales de la Edad Media. Esta corona inicial añadida al REGNVM era pues una clara referencia al poder temporal de los papas, que no tardaron mucho en dedicar más tiempo al siglo que al espíritu.

Bonifacio VIII (1294-1303) añadió una segunda corona, convirtiendo el tocado papal en BIRREGNVM. Curiosamente, fue esta segunda corona la que simbolizaba el poder espiritual cuando, a mi entender, deberían haber antepuesto lo segundo a lo primero, digo yo... En la foto de la izquierda tenemos al pobre Bonifacio, que palmó del berrinche que se pilló cuando Sciarra Colonna le estampó en plena jeta su guantelete en la famosa afrenta de Anagni. En el
REGNVM se pueden apreciar las dos coronas, y sobre los hombros las ínfulas que pendían de la parte trasera del mismo. De las ínfulas hablaremos ahora. Y en su mano izquierda sujeta las llaves que Jesucristo entregó a Pedro y que, junto a la tiara, son los atributos del poder absoluto de los pontífices, hombres que, al día de hoy, son los únicos monarcas absolutos que perduran en Occidente, cuya autoridad no es discutida ni discutible y que cuando habla EX CATHEDRA sienta un dogma infalible que todos los católicos deben acatar sí o sí. En cuanto a las ínfulas o, dicho con propiedad, INFULÆ, son dos cintas que penden de la tiara o la mitra y que también fueron tomadas de la indumentaria de los sacerdotes paganos de Roma, que las usaban como símbolo de su elevado rango.

No tardó mucho en aparecer la
TRIRREGNVM, o sea, la tiara que todos conocemos. No se sabe con certeza si la tercera corona la incluyó Benedicto XI, el sucesor de Bonifacio y que apenas reinó un año, o Clemente V (1305-1314), al que se debe el dudoso honor de haber sido hechura de Felipe IV de Francia para acabar con el Temple, plegándose a las intrigas perpetradas por Guillaume de Nogaret, Guardasellos Real y verdadero artífice de la ruina de la poderosa orden.  Sea como fuere, fue el sucesor de Clemente el primer pontífice que plantó la tiara en su escudo de armas. Hablamos de Jacques Duèze, que reinó como Juan XXII (1316-1334) y que, sin lugar a dudas, debía tener una inteligencia superlativa. Siendo como era el retoño de un simple zapatero, llegar hasta donde llegó por méritos propios y sin pertenecer a ninguna familia de postín ya era algo digno de encomio. A la derecha tenemos al papa con su escudo- que obviamente diseñó como le dio la gana porque su familia no tenía linaje- con la TRIRREGNVM en el timbre Este es el diseño que desde entonces han usado todos los pontífices salvo contadas excepciones de las que hablaremos en su momento. Añadir solo que, a nivel de diseño heráldico, las coronas corresponden a las usadas por los duques, no como las de los reyes.

Por lo demás, no hay certeza sobre el significado de esa tercera corona. Hay varias teorías en las que no vamos a redundar porque, si ellos mismos lo llevan haciendo hace la torta de años sin ponerse de acuerdo, nosotros no vamos a solucionar nada. En todo caso, grosso modo, se suele tomar la primera como símbolo del poder terrenal, la segunda del poder espiritual y la tercera es símbolo de juez o legislador universal. La tiara fue desde entonces prenda inseparable del pontificado hasta que Pablo VI (1963-1978) renunció a ella tras ser coronado, ordenando que fuera vendida y lo obtenido donado a los pobres, todo ello como símbolo de humildad y tal. No obstante, la tiara siguió encaramada en el timbre de los escudos pontificios hasta su supresión por Benedicto XVI,  que la cambió por la mitra. Ojo, esto no quiere decir que la tiara haya sido abolida. Cualquier papa puede recuperarla cuando le de la gana.

Bien, pasemos al segundo atributo heráldico pontificio por excelencia: las llaves. En Mateo 16: 19 leemos: "Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos". De esta forma, Jesucristo hacía entrega a Pedro del poder más inmenso que un humano pueda concebir: hacer y deshacer con la total conformidad del Altísimo sin dar explicaciones. En todo caso, las llaves se sumaron a la heráldica pontificia al mismo tiempo que la tiara. Inicialmente, ambas se representaban de plata, posteriormente, en una fecha indeterminada, se cambiaron por oro para, finalmente, ya en el siglo XV, presentarlas una de oro y otra de plata, lo que ha perdurado hasta nuestros días. La de oro simboliza la jurisdicción sobre el reino celestial, mientras que la plata lo es de los fieles. Ambas estaban unidas por un cordón azul por aquello de atar y desatar, pero en el siglo XVI se cambió por el color rojo. Dichas llaves son presentadas con los ojos hacia abajo unidos por el cordón y los paletones mirando hacia fuera, debiendo estar calados con una cruz. Y de la misma forma que Juan XXII fue el primer papa que puso la tiara en el timbre, fue Clemente VI (1342-1335) el primero que colocó las llaves acoladas al escudo, quedando como vemos en la ilustración de la derecha. Desde entonces, todos los blasones pontificios han permanecido así hasta, como se ha dicho, el cambio de la tiara por la mitra desde Benedicto XVI.

Y para concluir, debemos señalar que cuando un papa fallece las llaves son eliminadas de su escudo mientras dure la Sede Vacante. Si el papa ha palmado es obvio que ya no tiene poder para hacer y deshacer nada.  Por lo tanto, las llaves son trasplantadas al blasón del camarlengo, el cardenal que se pone al frente de la Iglesia hasta la elección del nuevo papa. Ojo, el camarlengo no tiene poder para legislar, sino solo para organizar el cónclave y que las cosas sigan funcionando. Así, al blasón del camarlengo se le hacen unos añadidos para dejar bien claro al personal que, hasta que haya un nuevo jefe, él es el que corta el bacalao.

A la izquierda podemos ver el escudo de Monseñor Kevin Farrell, a la sazón camarlengo cuando Francisco se largó de éste mundo. Vemos su escudo de armas con su lema personal bajo el mismo. Al timbre, el capelo cardenalicio del que cuelgan 30 borlas, 15 a cada lado, y también al timbre las dichosas llaves, las cuales desaparecerán del blasón en el momento en el que haya nuevo papa. Coronando el conjunto tenemos otro objeto que suele pasar desapercibido: el VMBRACVLVM o CONOPEVM, una sombrilla de franjas rojas y amarillas usada desde muy antiguo a modo de palio. El 
VMBRACVLVM era, por decirlo de algún modo, un atributo similar al palio propio de la realeza. Al igual que las llaves, también desaparece del blasón del camarlengo tras la llegada del nuevo papa. En todo caso, el hecho de que aparezcan aquí tiene un claro mensaje: el camarlengo es el depositario de la autoridad pontificia sobre toda la Iglesia y, ante todo, sobre sus colegas de la curia, muchos de ellos ávidos de poder, prebendas y, especialmente, de sentir sobre sus testas el dulce peso de la mitra.

Bueno, criaturas, con esto terminamos y aprendemos los fundamentos de la heráldica pontificia. Ahora toca echar algo al buche porque, como digo siempre, SPIRITV SINE CORPORE FORTIS NIHIL ESSE.

CVRATE VT VALEATIS NOBILIS CIVES


Fresco del siglo XIII que se conserva en la capilla de San Silvestre, en la basílica de los Cuatro Santos Coronados, en Roma. En el centro vemos al Silvestre tocado con el REGNVM que le ha entregado Constantino, el cual lleva las riendas del caballo papal. Tras el pontífice vemos un hombre de cámara portando el VMBRACVLVM y un séquito de obispos. En este caso el autor cometió un anacronismo ya que en el siglo IV los obispos aún no usaban mitra