viernes, 24 de julio de 2026

HERÁLDICA EPISCOPAL 1ª PARTE

 


PAX VOBISCVM


Desde los primeros tiempos del cristianismo ya se creó la figura del obispo, un personaje que, como su nombre indica, tenía la misión de vigilar y controlar a su comunidad. El EPISCOPVS, palabro proveniente del griego επίσκοπος (epískopos, el vigilante), se convirtió en la nobleza de la Iglesia. Ser nombrado obispo suponía detentar la autoridad espiritual y secular en su diócesis, palabro que, como no, proviene también del latín DIŒCESIS, que a su vez surgió del griego διοίκησις, que era básicamente un tipo de partición territorial administrativa romana. Porque ser obispo de una diócesis no solo implicaba ejercer de pastor de los primates que habitaban en ese territorio, sino también la administración de las rentas que daban las tierras y/o industrias de su propiedad. En resumen, un chollo. El voto de pobreza clerical era obviamente olvidado cuando un simple cura o fraile empezaba a hacer carrera, y trocar la áspera sarga o lana que picaba como mil chinches por la seda y el terciopelo molaba una burrada. Bien, dicho esto vamos a la enjundia del tema. 

La heráldica episcopal surgió, al igual que la pontificia, en el siglo XIII. La Iglesia no dictó normas respecto a la composición y mobiliario de los escudos, si bien recomendaba que fuesen lo más sencillos posible, sin cuartelados añadidos y mogollón de dibujitos. Cabe decir que los obispos hispanos, como está mandado, se pasaron esta norma por el forro de la sotana, porque lucían y lucen unos blasones que ni un archiduque austro-húngaro. Más aún, a más plebeyo, más dibujitos, compensando así la falta de linaje. Un buen ejemplo lo tenemos a la izquierda. Es el escudo de armas de monseñor Alfonso Ródenas García, obispo de Almería entre 1947 y 1965, año en el que falleció. Bueno, pues a pesar de su aparatoso blasón, el bueno de Don Alfonso era hijo de un camionero que pudo llevar adelante sus estudios porque la familia arrimó el hombro a base de bien, ya que su padre palmó cuando nuestro hombre tenía apenas 13 años. El escudo está compuesto mayoritariamente de simbología relacionada con sus devociones y los sitios donde ejerció su ministerio, echando mano de alguno correspondiente a sus apellidos, pero olvidando que los escudos no los lucen los apellidos, sino los linajes. Resumiendo, monseñor se curró un escudo de los buenos.

No obstante, a lo largo de la historia ha habido casos excepcionales de obispos que optaron por no hacer uso de blasón. De hecho, no es ni ha sido nunca obligatorio, y solo algunos rechazaron esta prebenda por considerarla inapropiada para hombres que debían ser ejemplo de humildad. En el Concilio de Trento, celebrado entre 1545 y 1563, surgieron una serie de directrices que algunos se tomaron muy a pecho. Tenemos como más preclaro ejemplo al cardenal Carlos Borromeo, arzobispo de Milán que, además de sacarse la carrera de santo con matrícula de honor, se cebó con la cosa heráldica, y no ya con su persona a pesar de ser de nobilísima familia, sino con todo bicho viviente. Así, ordenó a los clérigos bajo su mando que suprimieran las armerías de todas partes, incluyendo las que decoraban rejas y altares costeados por ellos que tuvieran menos de siete años, salvo las que apareciesen en lápidas o mausoleos de clérigos difuntos. Otros optaron por diseñar un mero sello para autentificar la documentación diocesana, y otros rechazaron lucir blasones porque, en determinadas épocas, ser identificado con la nobleza podía costarle a uno la cabeza. Sí, me ha salido en verso. A modo de ejemplo, a la derecha tenemos el sello de monseñor Elías Yanes Álvarez, que llegó a ser presidente de la Conferencia Episcopal Española pero se avió con algo bastante sencillo.

Bien, ya vemos que la Iglesia no cuestionaba siquiera los blasones que parecían un tatuaje de la espalda de un yakuza, pero sí tenía una serie de reglas bastante estrictas en todo lo referente a la ornamentación exterior del escudo y, por supuesto, en una norma impepinable: eran absolutamente intransferibles. Aquellos que por su linaje escogían las armas propias, obviamente nadie las heredaría ya que no tendrían hijos, al menos legítimos, y los que se inventaban parte o todo el escudo pues se veían en la misma circunstancia. El escudo de un clérigo era como el DNI: personal e intransferible, y cuando el clérigo palmaba a lo más que llegaba era a ser tallado en su tumba. A la izquierda podemos ver el blasón de monseñor Gutierre Álvarez de Toledo, miembro de la linajuda Casa de Alba y que ostentó cargos a cascoporro.  Ese escudo permaneció en la familia, pero a través de otros miembros de la misma. En el caso de Don Gutierre su estirpe se extinguió con él.

En cuanto a las divisas, no son habituales en las armerías antiguas. Antes al contrario, solemos verlas a partir de mediados del siglo XIX y, sobre todo, en el XX hasta nuestros días. El tema de las divisas parece una chorrada, pero no lo es tanto cuando el obispo en cuestión ya la traía en sus armas familiares. Por razones obvias, no procedía colocarlas en un escudo episcopal ya que estas divisas eran generalmente frases de significado un tanto misterioso o bien gritos de guerra. Para sustituirlas se optó por jaculatorias o versículos sentenciosos tomados de las Escrituras a modo de empresa, objetivo en su ministerio o invocación a Dios o a la Virgen. Ejemplos:
VNVS SPIRITVS ET VNA FIDES, (Un espíritu y una fe), CHRISTVS REGNAT (Cristo reina) o MINISTER EVANGELII (Ministro del Evangelio), en referencia a una empresa personal. Se recomienda que las divisas sean breves, con un significado bien claro y sin metáforas ni chorradas que se presten a confusión. No obstante, siempre hay alguno que prefiere soltar una letanía interminable como la divisa de monseñor Bernardo Martínez Noval (a la derecha), que nos dice que SPES MEA TV DOMINI IN DIE AFFLICTIONIS (Mi esperanza eres tú, Señor, en el día de la aflicción), un fragmento del versículo de Jeremías 17:17. En fin, ya vemos que los monseñores no tenían empacho de saltarse las normas si se terciaba. A esto, añadir que la divisa debe aparecer bajo el escudo- también hay excepciones, como es de esperar- en una cartela o filacteria lo más sencilla posible- lo que también era obviado- y escrita con letras mayúsculas en sable (negro), cosa que también se solía pasar por alto porque una cartela sin volutas y con una letra negra queda muy sosita. En cuanto al idioma, no hay exigencias al respecto si bien lo habitual es hacer uso del latín. No obstante, algunos prefieren el idioma nacional para que nadie diga que no entiende nada de lo que dice.

Bueno, con esto terminamos por hoy. El próximo día, los ornamentos exteriores, que también dan tema para rato.

CVRATE VT VALEATIS NOBILIS CIVES


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